Hace aproximadamente ocho años, cuando el gerente general del hotel era Lenin Rico, una curiosa visitante llegó inesperadamente a nuestras instalaciones en Ricaurte. Se trataba de una gata blanca, elegante y enigmática, cuya historia comenzaría a tejerse silenciosamente entre el personal y los espacios del hotel.
Su nombre original era Mili, y había sido dejada temporalmente al cuidado de un amigo de sus dueños en una casaquinta cercana. Sin embargo, como si el destino lo hubiera querido así, escapó y apareció un día cualquiera en el hotel. Lo que primero llamó la atención fue su particular porte: siempre erguida, inmutable, observando desde lo alto de una mesa en el lobby. Aquella escena intrigó a las recepcionistas, quienes informaron a Lenin. Él, al verla tan quieta y aparentemente “fría”, decidió llamarla Porcelana, como esas delicadas figuras que parecen hechas para solo observar el mundo a su alrededor… aunque, claro, no precisamente con una cara simpática.

Poco a poco, Porcelana fue ganando confianza y acercándose cada vez más a la recepción y las oficinas administrativas. Al final de la jornada, se acomodaba en las sillas vacías, hasta que terminó adoptando la recepción como su propio reino. Con el tiempo, comenzó a responder al nombre de Porcelana, y así se convirtió en parte esencial de la vida diaria del hotel.
Dos años atrás, una joven pareja llegó al hotel entregando un domicilio. Al entrar, se sorprendieron al ver a Porcelana… o mejor dicho, a Mili. Conmovidos, la llamaron por su antiguo nombre, y ella respondió con una mirada fija, atenta, como reconociéndolos. Relataron que la gata se les había perdido años atrás, y al notar una particularidad única —la punta de su cola quebrada— no tuvieron dudas de que era ella. Sin embargo, también reconocieron que su antigua compañera ya había encontrado un nuevo hogar. Aquí estaba segura, querida, y acompañada las 24 horas del día. Con comprensión y cariño, aceptaron que Mili ahora era Porcelana, y que su lugar estaba entre nosotros.

Con el tiempo, llegó al hotel la señora Nohora Velásquez, quien no tardó en encariñarse con otro visitante peludo: Príncipe, un gato blanco que también hizo del hotel su hogar. Así, ya no era una, sino dos las presencias felinas que compartían nuestras jornadas. Príncipe solía descansar sobre el escritorio de la Sra. Nohora, mientras Porcelana seguía reinando en recepción, donde también conquistó el corazón de muchos huéspedes.
Porcelana tiene gustos muy particulares. Le encanta instalarse sobre cargadores, datáfonos, teléfonos y todo dispositivo electrónico que emita algo de calor. También es fanática de las manillas que se entregan a los huéspedes y de los vouchers de los datáfonos… aunque muchas veces terminan destrozados por sus “juegos”.
Durante la remodelación del lobby y la reubicación temporal del front, vivió momentos difíciles. Se mostraba melancólica, irritable y distante, como si reclamara la ausencia de su lugar habitual. No era amiga del polvo ni de los ruidos de la obra, y pasaba la mayor parte del día desaparecida. Sin embargo, con el tiempo, volvió a adaptarse, regresando al nuevo lobby… especialmente en las noches, cuando todo estaba más tranquilo. Su lugar favorito: la impresora blanca, que además es la más usada.
En la oficina de recepción, tiene su propio rincón: un platico azul con agua siempre limpia, y otro morado para sus croquetas. Pero lo que realmente la hace perder la compostura es la comida húmeda y, en especial, el Churu. Basta con que lo vea para que estire su patita, lo hale con decisión hacia su boca y muerda el empaque con pasión, como queriendo decir: “¡Esto me fascina! ¡No me lo quiten, nunca es suficiente!”
Porcelana no solo es una mascota; es una compañera, una historia viva que camina entre nosotros y que le da un toque único y entrañable a la experiencia de quienes trabajan y se hospedan en el hotel. Ha elegido este lugar como su hogar, y nosotros, con gusto, la hemos adoptado como parte esencial de nuestra familia.
Articulo por Martha Fayad

