En el altiplano peruano, a orillas del lago Titicaca, cada febrero sucede algo que trasciende lo festivo: la Fiesta de la Candelaria. Lo que allí ocurre no puede describirse solo como una celebración religiosa, ni únicamente como una manifestación cultural. Es ambas cosas, y mucho más. Es una forma de vivir la identidad, de honrar la memoria y de afirmar la pertenencia a una tierra que no olvida sus raíces.

La fiesta tiene como figura central a la Virgen de la Candelaria, venerada como patrona de Puno. Desde la perspectiva católica, se le celebra como una advocación de la Virgen María. Pero en la región andina, su figura adquiere un doble significado: es también una representación de la Pachamama, la madre tierra, protectora y fuente de vida. Esta mezcla de creencias no se presenta como contradicción, sino como una fusión natural de mundos que conviven desde hace siglos.
El origen de la fiesta se remonta a la época colonial, cuando los españoles trajeron consigo las celebraciones religiosas cristianas. Sin embargo, fueron las comunidades indígenas quienes la transformaron, dotándola de un simbolismo propio. Así, la Candelaria se convirtió en una expresión donde lo espiritual y lo cultural se entrelazan profundamente.
Una de las características más impresionantes de esta festividad es la magnitud de su organización. Durante meses, agrupaciones de danza se preparan con dedicación: ensayan coreografías complejas, confeccionan trajes bordados a mano, elaboran máscaras y se organizan en comunidades que asumen el compromiso como un acto de fe. Participar en la Candelaria no es solo bailar: es ofrecer el cuerpo en movimiento como una forma de devoción.
Las danzas que se presentan durante la fiesta tienen significados profundos. Algunas, como la Diablada o la Morenada, reflejan conflictos entre el bien y el mal, o critican estructuras sociales impuestas en tiempos coloniales. Otras son celebraciones de la fertilidad, del trabajo agrícola o de la historia mítica de los pueblos. Cada grupo de danza cuenta una historia, y cada paso es una forma de transmitirla.
La música, los trajes, la energía colectiva… todo contribuye a una atmósfera que transforma por completo la ciudad de Puno. Pero más allá de lo visual o sonoro, lo que más impacta es el sentido comunitario que atraviesa la fiesta. Familias enteras participan. Abuelos enseñan pasos de baile a sus nietos. Madres bordan trajes mientras los hijos ensayan. No se trata de mantener viva una tradición por costumbre, sino por convicción.
Aunque el turismo ha crecido y ha puesto la Candelaria en los ojos del mundo, para quienes la viven desde dentro, su esencia sigue siendo la misma: una promesa espiritual y cultural que se renueva cada año. Los desafíos no son pocos —desde el costo económico hasta la presión de comercialización—, pero la fuerza de la comunidad y la profundidad del simbolismo mantienen viva la llama.
Reconocida por la UNESCO como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad, la Fiesta de la Candelaria no es solo orgullo regional. Es un ejemplo de cómo una sociedad puede transformar el dolor de su historia en belleza compartida. Porque allí, en las alturas de Puno, la fe no se reza: se baila, se canta y se hereda.

