La historia del pasaporte es una muestra clara de cómo ha evolucionado la relación entre los individuos y el Estado, especialmente en lo que respecta a la libertad de movimiento.
Aunque hoy en día se considera un documento común para viajar, sus orígenes están profundamente ligados al control político y territorial.

En las civilizaciones antiguas, como el Imperio Persa y la China imperial, ya existían documentos que cumplían funciones similares. En Persia, durante el reinado de Artajerjes I (siglo V a. C.), se expedían cartas oficiales que garantizaban el paso seguro de funcionarios o emisarios por territorios controlados por el imperio. En China, durante la dinastía Tang (siglos VII al X), los viajeros necesitaban permisos para trasladarse entre provincias, especialmente si eran funcionarios o comerciantes.
Durante la Edad Media en Europa, el pasaporte adquirió una forma rudimentaria a través de los salvoconductos.
Estos eran documentos expedidos por autoridades locales, señores feudales o monarcas que protegían al portador durante sus desplazamientos por territorios fragmentados y políticamente inestables. No servían para todos, sino principalmente para comerciantes, diplomáticos o religiosos. En lugar de facilitar el libre tránsito, estos documentos funcionaban como autorizaciones limitadas para moverse bajo condiciones específicas.
A medida que avanzaba la Edad Moderna, con la consolidación de los Estados-nación, la necesidad de controlar las fronteras y registrar a los ciudadanos fue en aumento. No obstante, durante el siglo XIX, especialmente en Europa occidental, los pasaportes comenzaron a perder relevancia como requisito para viajar, en parte debido al auge del ferrocarril y del turismo, y a un contexto general de relativa paz. En esa época, era posible cruzar fronteras sin un pasaporte en varios países europeos.
Sin embargo, esta tendencia cambió drásticamente con el estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914. La guerra transformó la percepción de la movilidad internacional, ya no vista como una actividad libre, sino como una potencial amenaza.
Los gobiernos comenzaron a reforzar el control sobre quién entraba y salía del país, por razones tanto de seguridad como de orden interno.
El espionaje, la deserción y el desplazamiento masivo de refugiados y soldados llevaron a la reintroducción y estandarización del pasaporte.
El pasaporte Moderno: Un anecesidad tras las guerras mundiales
Tras el fin de la guerra, en 1920, la Sociedad de Naciones (precursora de la actual ONU) organizó una conferencia sobre pasaportes y tránsito. En ella se acordó un modelo uniforme de pasaporte que contenía información básica del portador: nombre, nacionalidad, fotografía, descripción física y firma. Este modelo fue adoptado por muchos países y marcó el inicio del pasaporte moderno como lo conocemos hoy. Desde ese momento, se convirtió en un documento obligatorio para casi todos los viajes internacionales.
Durante el resto del siglo XX, especialmente después de la Segunda Guerra Mundial, los pasaportes evolucionaron tanto en formato como en función.
Con la expansión de la aviación comercial, el crecimiento del turismo y el aumento de los flujos migratorios, el pasaporte se transformó en una herramienta esencial para gestionar la movilidad global.
Al mismo tiempo, se convirtió en un símbolo de identidad nacional y de pertenencia política, pues la libertad de movimiento que otorga un pasaporte depende en gran medida del país que lo emite.
En las décadas finales del siglo XX, comenzaron a incorporarse elementos de seguridad más sofisticados, como las fotos digitales, códigos de barras y, posteriormente, chips electrónicos con datos biométricos. Este proceso de modernización ha estado impulsado tanto por la necesidad de combatir el fraude documental como por el deseo de mejorar los procesos migratorios en un mundo cada vez más globalizado.

